A los que se hayan extrañado de no verme estos días por aquí... les remitiría al título de esta bitácora. Pero antes de morir apaleado, explicaré que no he podido postear porque he estado unos días en la Ciudad Lluviosa, visitando a mis padres, que desde que se han emancipado no hay quien les tosa.
Ellos también han esperado al mileurismo: ha sido encontrar yo un curro y convertir mi habitación en un despacho:
- ¿¡Qué!? ¿Y cuándo vaya a visitaros?
- Bueno, está el cuarto de al lado...
- Pero es la habitación de mi hermano. Es raro dormir en la habitación que era de mi hermano con sus cosas y...
- No te preocupes, ya las hemos sacado. Ahora es el cuarto de invitados.
- ...
No he querido enterarme de qué planes tienen para las abuelas.
Por suerte en esta visita no estaban en la Ciudad Lluviosa, sino en el Pueblu, dónde hace tiempo que sólo queda su cuarto y los de los invitados, custodiadas por la Muñeca que algún día fotografiaré para Espanto (Espanto no es un nick, sino una sensación de terror generalizada).
Bien, todo lo que he contado hasta ahora es puro relleno, porque lo importante de esta excursión ocurrió en el viaje en autobús. Cuando uno va a la Ciudad Lluviosa tiene la opción de volver en el autobús Guay, que te cuesta el doble, pero te sientes por cinco horas un tipo importante. Es como el avión garrafón en el que hay una azafata que te trata de usted y te da un sandwich que si haces cuentas te ha costado 20 euros. Y te dan un regalo al final del viaje. Los regalos del autobús Guay son como las ofertas del Lidl: inclasificables. Lo mismo te regalan un cortauñas, que un abanico, una linterna (que por supuesto no funciona) o esto:

Menos mal que la azafata no se queda mirando mientras abres el regalo o habría sido como cuando mi Abuela le regaló a mi Padre el disco de Álex Ubago.
La caja parecía indicar que se iba a tratar de otro abanico, pero cuando llegué a casa y lo abrí, me encontré una especie de... er... cosa.

Vale, no es un abanico. Como pipa deja bastante que desear. Como cucharilla no la veo funcional. ¿¡Qué carajo es esto!? ¿Un cubilete para jugar al parchís sin arrimarte a la plebe? ¿Un instrumento de tortura para sacar ojos por si el próximo viaje lo haces en avión? ¿Un chisme para ajustar bien los guantes al dedo pulgar? ¿Un atrapa-picotas ("¡oh, no! Mi fruta se ha caído al fondo del vaso, ¿qué puedo hacer?")?
Tras darle muchas vueltas he llegado a una única conclusión. Ya sé lo que es: es un tema para postear. Pero ¿alguien sabe su utilidad fuera de la blogosfera?
EDIT: ¡Concursazo!
Sea la Cosa y sabiendo que la cazoleta tiene el diámetro de una moneda de dos euros, el que proponga la utilidad que más me mole en los próximos siete días, se llevará de premio... ¡la Cosa! El ganador deberá documentar fotográficamente su uso propuesto. No sean verosímiles, sean creativos.